BIENVENIDOS

Bienvenidos a esta sala de profesores. Gracias por compartir conmigo las ganas de pensar sobre educación.



martes, 14 de febrero de 2017

DESAPRENDER



He recomendado muchas veces el libro “Momentos estelares de la humanidad”, del gran Stefan Zweig. Es un breve ensayo histórico en el que Zweig, con su maestría y sensibilidad, narra sucesos históricos pero fijándose únicamente en los pequeños detalles. De todos los “momentos” que contiene el libro, mi favorito es el que narra la historia de Vasco Núñez de Balboa, descubridor del Pacífico. Cuenta Zweig que Balboa y sus compañeros, después de haber abandonado sus carabelas en el Atlántico y atravesar el istmo de Centroamérica entre enormes penalidades, se encontraron frente a un mar nuevo e incógnito. Y entonces se sumergieron en sus aguas y las bebieron, para averiguar si tenían el mismo sabor salado del océano que habían dejado atrás. He utilizado muchas veces esta historia porque me parece la metáfora ideal para definir el tiempo en el cual nos encontramos los profesores. Estamos situados ante un nuevo paradigma educativo, pero el espejo nos devuelve una imagen borrosa porque los cambios tecnológicos y sociales parecen diluir nuestra identidad. El perfil profesional de los docentes está cambiando vertiginosamente. Como hemos dicho otras veces, todo el mundo sabe para qué sirve la Wikipedia pero, ¿para qué sirve un profesor?


La revolución educativa en la que hemos entrado de pleno nos trae un nuevo perfil profesional, una nueva identidad. La dicotomía entre información y conocimiento; la tensión entre autonomía necesaria y burocratización obligatoria; la distancia entre los absolutos - conocimiento y valores- con los que trabajamos en la escuela, y los relativos en que se mueve la sociedad; en resumen, el nuevo paradigma educativo está modificando de manera imparable el “hacia afuera” de la profesión docente. Pero no debemos asustarnos por la importancia de estos cambios. Los profesores no somos  árboles. Podemos movernos.







Algunos gráficos nos muestran el panorama que encontramos al entrar en clase mejor que nuestra propia observación. Por ejemplo, se nos demuestra que, en el método tradicional de profesor que habla ante alumno que escucha, la mitad de la clase está desconectada, ya sea activamente- es decir, enredando- o pasivamente: poniendo cara de póker y mirando de reojo el reloj. En la otra mitad, hay un 10% que escucha y aprende, un 10% que ya se lo sabe y se está aburriendo soberanamente- los alumnos de alta capacidad que casi siempre abandonamos-, un 10% que empieza con ganas y luego se pierde, y un 20% que quiere pero no puede seguirnos el ritmo. Y si esto es verdad, ¿cuánto tiempo vamos a seguir trabajando así? ¿Cuándo vamos a darnos cuenta de que el mundo de nuestros alumnos ha cambiado completamente?

Es imprescindible comprender que innovar es cambiar algo, no todo. Innovar es recuperar la motivación; dividir el trabajo; poner metas al curso, no al día; ir de lo fácil a lo difícil; divertirse en clase; comprender que hoy la unidad mínima de acción educativa es el centro en su totalidad. Pero para innovar hay que desaprender.  Este “desaprendizaje” es, seguramente, el mayor reto de innovación al que nos enfrentamos los profesores, y no tiene nada que ver con reciclarse o manejar bien las herramientas tecnológicas.

Desaprender es: dar más importancia al proceso que al resultado; sentirse miembro integrado de un centro; abrir la puerta del aula al entorno social y, sobre todo, a los otros miembros del claustro; no enseñar aquello que el alumno puede aprender por sí sólo; asumir que el alumno puede aprender tanto fuera como dentro del aula, de sí mismos y de sus compañeros; asumir que el alumno también puede enseñarnos algo a nosotros, los ex de la tarima; comprender que lo que se aprende en la clase debe tener sentido fuera de la clase; cambiar el Yo hablo y tú callas por el diálogo; transmitir la idea de que el error es una oportunidad de aprendizaje; potenciar la reflexión y el espíritu crítico; hacer alguna “locura” en equipo: un taller de teatro, una orquesta, un taller de videojuegos, un programa de radio…; atreverse a ser un profesor genial; comprender que todos somos tutores, de los alumnos y de nuestros propios compañeros de claustro, porque tutor es la persona que tiene la responsabilidad de velar por otros.

Y en medio de este cambio, es importante también recordar nuestras certezas porque el nuevo paradigma educativo conserva intacto el “hacia adentro” de nuestra profesión: la comunicación interpersonal, la esencialidad que nos hace únicos; y la trascendencia, es decir, la influencia biográfica sobre otras personas. Y por supuesto se mantienen inamovibles, por mucho vendaval de cambio que sople, nuestros requisitos personales para ejercer la profesión docente: la vocación, la aptitud y la exigencia ética.


Es tranquilizador pensar que el mar que probaron Vasco Núñez de Balboa y sus compañeros era salado, evidentemente. Por eso me animo a recordar cada mañana, antes de abrir la puerta de una clase a primera hora, que la docencia- mi elección profesional- es y seguirá siendo una manera salada y profunda de vivir.

martes, 7 de febrero de 2017

Diccionario






Una asamblea formada por todos los niños del mundo ha escrito un diccionario con la esperanza de que sea consultado por sus padres. Extraemos de él, tomados al azar, algunos breves ejemplos.

CASTIGADO: El castigo tiene que servirme para algo porque no es un fin sino un medio.  Mostradme las consecuencias reales de mis actos, permitidme que con el castigo aporte algo a la convivencia familiar, que no sea solo una retirada de privilegios. Tened cuidado con las culpas, las amenazas y las ofensas; con las comparaciones, los sarcasmos y las etiquetas. No me castiguéis para reprimir, sino para que mi comportamiento se modifique y mejore. No me castiguéis por la historia de nuestra vida. Dejadme un espacio para mostraros que puedo cambiar de actitud.

CONFÍO EN TI: Palabras mágicas. Dadme oportunidades para que consiga algún éxito real, que es la única manera de generar expectativas positivas. En definitiva, dejadme ir alcanzando retos. Dejadme demostraros cosas.

CUENTO: Contadme cuentos, leyendas, historias de nuestra familia en el pasado. Contar, leer, escuchar, inventar cuentos es uno de los grandes privilegios de la infancia. Compartidlo conmigo.

TE QUIERO: Nunca tengo bastante. Me gusta saber cuánto me queréis. Por cierto, ¿os habéis parado a pensar cuánto os quiero yo? ¿Cuánto os necesito?

TODOS: La familia es solidaridad y afecto. Hacedme saber que en la familia no existe el “uno para todos y todos para uno” sino el “todos para todos”.

SÍ/ NO: Las palabras que quiero escuchar cuando toque. Pase lo que pase, no me digáis sí cuando tengáis que decir no. Y al revés, tampoco. Todo lo que atente contra mi seguridad física y mental o la de otras personas, y contra los valores de la familia, es un límite infranqueable. Todo lo demás es negociable. Por favor, padre, madre, ordenad bien vuestra escala de valores.

SILENCIO: Nunca

VALORES: El modo de empleo de la vida. Orientadme con vuestro ejemplo. Os estoy mirando. Haré lo que hagáis. Siempre.

YO: Dejadme ser protagonista de algo. Por favor, diferenciadme de mis hermanos. Escuchad mis opiniones, respetad que pueda tomar por mí mismo algunas decisiones. Yo soy único.

Si los niños del mundo pudieran escribir un diccionario de la educación, pondrían en él cosas como estas. 
No puede haber nada que nos preocupe más que la infancia.



miércoles, 18 de enero de 2017

Cosmovisiones



Los hermenéuticos alemanes denominan “cosmovisión” – Weltanschauung, en su forma original– a la imagen o figura general de su existencia que cada persona, cada sociedad o cada cultura reconocen como propias.
La cosmovisión está compuesta por las percepciones, los conceptos y las valoraciones que uno hace sobre su entorno. Un poeta podría explicarlo mejor si nos dijera que la vida no es como es sino como nos la contamos.

Si una determinada cosmovisión marca la postura ante todo lo existente, y si define las nociones que un individuo aplica a los diversos campos de su vida: política, economía, ciencia, religión, ética, filosofía…, entonces, sin lugar a dudas, define también la postura de un profesor ante sus alumnos. Por supuesto, sin una cosmovisión determinada no habría valores que transmitir, conceptos que descubrir, normas que aplicar, premios que otorgar. Educar es traspasar de una generación a otra el modo de empleo de la vida, y este modo de empleo tiene bases objetivas. Pero tiene también muchas, muchísimas, percepciones subjetivas sobre lo que uno puede o debe hacer. Y ellas se van definiendo a partir de la cosmovisión del maestro.

Acabo de leer, a este respecto, la tesis doctoral de la pedagoga Alied Ovalle. En ella se abordan los diversos estilos, las diversas personalidades parentales y su relación directa con el estilo educativo que aplica cada familia. De alguna manera, la doctora Ovalle pone un espejo ante los padres y, a partir de su reflejo, dibuja un mapa real de los distintos estilos educativos, cuyo resultado, por supuesto, influye de manera inevitable en la escuela. Me ha parecido una aportación muy oportuna porque es evidente que tal como uno se ve en el mundo, así lo transmite.  Lo mejor de esta clasificación es que no hay buenos ni malos. En el amplio catálogo de conductas parentales que presenta la doctora Ovalle no hay compartimentos estancos: podemos reconocer características propias tanto en los estilos educativos de los padres que admiremos como en aquellos que rechacemos.
Inevitablemente, ha asociado esta idea de los estilos personales con la forma en que los profesores entendemos la relación con los alumnos y nuestro propio rol en el aula.  Enseñamos tal como somos, de esto no cabe la menor duda. Transmitimos nuestra pasión, nuestra emoción o nuestro pesimismo, en forma de curriculum oculto; este es un hecho más que documentado.

Pero es que, además, el poeta del que hablábamos antes diría que la vida no es como es sino como nos la contaron. Wilhelm Dilthey, creador del término Weltanschauung, sostenía que la experiencia vital de cada ser humano estaba fundada —no sólo intelectual, sino también emocional y moralmente— en el conjunto de principios transmitidos por la familia, la sociedad y la cultura en que se hubiera formado. Las sensaciones y emociones producidas por la experiencia peculiar del mundo en el seno de un ambiente determinado contribuyen a conformar una cosmovisión individual. Los profesores transmitimos lo que hemos recibido y a su vez preparamos a los alumnos para normalizar comportamientos y actitudes que son de la escuela porque son de la sociedad en que esta se enmarca. Es por tanto una responsabilidad inmensa, otra más en una tarea cuajada de responsabilidades. Por eso me parece necesario que cada uno de nosotros reflexione sobre su desempeño profesional.


Sé como deseas parecer, decía Sócrates. Todos cuantos tenemos el privilegio de vivir una relación educativa, y de formar parte de la cosmovisión de otros seres humanos, deberíamos encontrar las directrices necesarias para reconocer nuestro estilo educativo, reflexionar sobre él y, desde luego, mejorar lo que sea necesario.

martes, 10 de enero de 2017

TESOROS


Yo conozco a un melero. Vive en lo alto de un monte sobre el mar, en la ría de Cedeira, y reparte sus colmenas por los acantilados porque sus abejas liban el jugo del eucalipto y del brezo. Como este apicultor de la fotografía, que vive en Bangladesh, el melero gallego se viste con ropajes raros, rejillas y sombreros, pero aún así está siempre lleno de picaduras. Ambos tienen la misma expresión reconcentrada y seria: son buscadores de tesoros.

Y es que los tesoros escondidos existen, aunque no sean fáciles de encontrar porque están ocultos y custodiados a veces, como en los cuentos, por seres extraños. O porque, como le sucede a la miel, están encerrados en el interior de construcciones perfectas, realizadas por las ingenieras más creativas, hacendosas e insociables del mundo.

Debemos tener presente que todos los tesoros escondidos son auténticos tesoros, realidades maravillosas que modifican la vida, aunque por eso mismo sean esquivos. Lo primero que hay que hacer para encontrarlos es buscarlos. Con paciencia. Con tiempo. El buscador de tesoros debe ser despilfarrador del tiempo, saber dar tiempo al tiempo, esperar siempre. Encontrar el tesoro requiere mucha, mucha paciencia. Tanta como la del melero, que no puede acelerar, ni interrumpir, el proceso natural, la metamorfosis mágica que han aprendido a efectuar las abejas a lo largo de millones de años para obtener, desde el corazón de la flor, una porción de pura miel.

Y ¿dónde encontraremos el escondite de los mayores tesoros? Pues en el alma de cada persona; todos lo sabemos.

Si hay un tesoro en mi interior, si estoy llena de miel, para sacarla a la luz debo ser, al mismo tiempo, el apicultor y la colmena. Necesito   conquistar a sus fieros guardianes –que tienen los aguijones del miedo y la vergüenza- antes de poseerla. Y también necesito prestar atención a los minúsculos guiños de lo cotidiano: el viento en el eucalipto, el salitre sobre el brezo o el amarillo de la flor.

Los tesoros existen dentro de nosotros, como la miel en el interior de las colmenas, custodiados paradójicamente por nuestros miedos y miserias; y existen fuera de nosotros, escondidos en los pequeños guiños de la realidad. Si cada ser humano esconde un tesoro, su valor es extraordinario;  si cada día de una vida corriente está lleno de tesoros, hay que sonreír a esa vida.


En este año nuevo podríamos ponernos en marcha y buscar nuestro tesoro interior. Debe de ser muy bonito saberse hecho de miel y ofrecerla a los demás: ser melero.

Artículo escrito para la revista 21RS

jueves, 1 de diciembre de 2016

LA INCONSCIENCIA





En un texto celebérrimo – “La educación después de Auschwitz”- el filósofo Theodor W. Adorno elabora un fiero alegato contra la inconsciencia de los seres humanos, a la cual achaca todas las posibilidades de repetir una y otra vez errores y tragedias. Considera como problema grave lo que denomina “conciencia cosificada”, aquella necesidad de organizar “con realismo exagerado y con ausencia de emoción”, todo tipo de actividades sin objetivo, sin proyecto y sin meta. El hacer por hacer, que decían nuestros padres. Adorno dispara sus dardos contra quienes ocupan los lugares de mayor responsabilidad social, y denuncia la obsesión de muchos gobernantes por sacar adelante, a cualquier precio, “una supuesta aunque ilusoria política realista”, en la que se muestran poseídos por la voluntad de hacer cosas, de firmar y firmar papeles cada media hora, como quien toma un jarabe para la tos, mientras permanecen indiferentes al contenido de su acción y a la repercusión que pueda tener sobre los destinatarios, considerados, si es que se piensa en ellos, como meras cosas sin importancia. Esa actividad ciega – dice el filósofo- termina convirtiéndose en un culto, y su fundamento se sustenta en la propaganda.

No he dejado de pensar en el texto de Adorno mientras rememoraba la pequeña historia de la educación en España en estos últimos años. Desde el Pacto que quiso el ministro Gabilondo- en cuyo texto tuve el honor de participar como miembro del secretariado estatal de ANPE- , pasando por la ilusión de tocarlo con los dedos y la frustración de verlo encallar, hasta la incomunicación del ministro Wert y su equipo, con los que, literalmente, nunca se pudo dialogar. Por medio, una enésima Ley Orgánica de Educación, elaborada de espaldas a todos pero cimentada en la vieja LOGSE, a la cual se le colgaron, sobre la comprensividad de fondo, métodos nórdicos y evaluaciones, hasta convertirla en un pequeño engendro, como si se tratara de un nuevo monstruo del doctor Frankenstein. Y por supuesto, como telón de fondo, una crisis más larga de la cuenta, que se cebó en lo más necesario y lo más delicado de todo: el profesorado. Por aquí y por allá, iniciativas bienintencionadas y muy frustrantes, como la del Libro Blanco. Todo menos un Estatuto Docente. Y hoy, con la LOMCE casi terminada de implantar, volvemos al punto de partida. 

Esta vez parece que se va en serio: habrá Pacto. Aún así, me ha hecho mucha gracia que lo primero haya sido encargar un diagnóstico, como si no estuviera ya más que hecho, entre informes internacionales, memorias y evaluaciones. Debe de haber cientos de diagnósticos sobre la educación en los cajones del Congreso. No es cuestión de diagnósticos ya. Solo habrá un verdadero pacto si ponemos por escrito lo que queremos para nuestro país en los próximos veinte años, cómo queremos que sea nuestra gente, dónde soñamos con estar situados. Solo habrá un verdadero pacto si aceptamos que se debe invertir en profesorado y en recursos para atender el tremendo peligro de la exclusión que acecha hoy a miles de niños y niñas.

Siempre se vuelve al primer amor, dice el tango. Nosotros hemos vuelto a aquel momento mágico del diálogo político y social sobre educación, pero no somos tan ingenuos como entonces. En el recorrido desde ayer a hoy, las familias, los alumnos y los profesores hemos sufrido el daño inenarrable, el despilfarro tonto, la tensión inútil y la tomadura de pelo – ya basta de eufemismos- que ha sido la LOMCE. Y ahora resulta que todo lo que era innegociable y absoluto para el gobierno anterior, un año después, con el mismo partido y el mismo presidente, ya es relativo y se puede pactar, derogar y olvidar. El caso es hacer ahora lo contrario, el caso es firmar. Conciencia cosificada, diría tal vez Adorno. Yo no me atrevo a tanto, así que lo llamaré inconsciencia.

Bien está lo que bien acaba, dice uno de nuestros refranes, siempre tan pragmáticos. Desde mi escuela recortada, mutilada por la crisis, sin planes de apoyo, sin atención a la diversidad y sin suficientes plantillas de profesores, he visto llegar los libros nuevos de la LOMCE, cuajados de contenidos y con los niveles de exigencia hipertrofiados. He tenido que preparar a toda marcha con mis alumnos las pruebas externas, con el único objetivo de aprobarlas y, a pesar de disimularlo como he podido, ese es el valor que les he transmitido: se estudia para aprobar, no para aprender. He estado por tanto muy lejos de la conciencia reflexiva que considera Adorno como fin último de la educación. He estado, sin poderlo remediar, en la inconsciencia.


Si el fin único de la educación es que cada ser humano adquiera conciencia de sí mismo, de su rol en el mundo y su relevancia, deberíamos exigir que la consciencia de lo que uno se trae entre manos fuera el requisito esencial de todos los responsables políticos. Vamos a tener un Pacto de Educación por fin, sí, pero qué tristeza por el tiempo perdido, por el dinero despilfarrado, por la comunidad educativa desconcertada. Qué tristeza de educación. De España.

Artículo escrito para el periódico Escuela.

sábado, 5 de noviembre de 2016

LADRÓN DE BICICLETAS






Un español ilustre me contó hace unos meses su primer recuerdo de la Guerra Civil española: “Yo era muy pequeño aún, pero ya poseía un gran tesoro: mi bicicleta. Montaba muy bien, como una fiera, subiendo y bajando las cuestas del pueblo. Tanto pedaleaba que la rompí. Mi padre la llevó a arreglar al pueblo de al lado, que era más grande y tenía un taller. Ese mismo día estalló la guerra. Todo cambió, todo se trastocó. Tuvimos que salir huyendo de noche. Nadie recogió mi bicicleta del taller. Yo no me atreví a recordárselo a mi padre, que tanto lloraba. En los años siguientes, perdí la infancia pero todavía hoy, a los ochenta y pico años, recuerdo sobre todas las cosas que con la guerra perdí aquella bicicleta.”

Una bicicleta es aire libre y fresco en la cara, esfuerzo para subir y risas para bajar; es un viaje, una aventura, una escuela, un riesgo y una seguridad; es una amiga, muchos amigos, la pandilla, el sol amarillo, el verano azul.

Una bicicleta es un juguete, un tesoro, una primera posesión. Es valiosa, hay que cuidarla, se puede dibujar en un papel y recrearse con sus detalles: el manillar que evoca de lejos un animal bravo, la serpenteante cadena... También se puede pintar de colores chillones, ponerle un faro, una cesta para flores y un timbre que despierte a los padres de la siesta.
Una bicicleta es el gran regalo. Su nombre, en todos los idiomas, ha sido escrito alguna vez por todos los niños del mundo. Y si no ha sido escrito, ha sido invocado en los sueños. Y esos mensajes los han recibido directamente todos los Magos, duendes, Noêl y Claus que pueblan las chimeneas – o las tuberías-  de las casas donde hay niños.

Una bicicleta puede ser, a los ojos de un chiquillo de siete años, la Navidad. Puede convertirse en uno de los mejores recuerdos de su vida; puede simbolizar la entera infancia.

¿Y la guerra? ¿Qué es la guerra sino un ladrón de bicicletas?


Escrito para la revista 21RS

miércoles, 2 de noviembre de 2016

MODELOS



Hace unos días, en un curso de formación sobre la Acción Tutorial que se celebraba en el “CTIF Madrid Norte”, de San Sebastián de los Reyes, la ponente pidió a los profesores presentes que escribieran cinco certezas de su vida profesional. Ellos, 25 maestros, maestras y profesoras de Secundaria, se concentraron profundamente, lápiz y papel en mano, y durante un buen rato reflexionaron en silencio sobre una cuestión nada inocua ni neutral, que apelaba directamente a su sistema de valores.

Comenzó después la ronda de respuestas y hablaron los docentes: “Tengo la certeza de que soy un modelo de comportamiento para mis alumnos y ello me obliga a tomar decisiones éticas.” “Tengo la certeza de la duda, el cuestionamiento perenne de mis decisiones y mis actos.” “Tengo la certeza de que aprendo de los alumnos.” “Tengo la certeza de que sé cómo hacerlos sonreír”. “Tengo la certeza de que me gusta mi profesión, me hace levantarme feliz por las mañanas.” “Tengo la certeza de que mi presencia deja huella en muchas personas.” “Hago el trabajo para el que he nacido.” “El aprendizaje necesita emoción y motivación.” “Mis alumnos saben que pueden contarme sus asuntos, sean o no pertinentes.” “No puedo hacer mucho sin la ayuda y el impulso de la familia.” “Transmito valores.” “Es una profesión de aprendizaje constante”. “Cada día aprendo de los chicos y chicas de mi clase”. “Ellos aprenden mejor cuando parto de sus fortalezas y no de sus debilidades.” “Aprenden mucho más de lo que yo les enseño. “ “Tengo la certeza de que no soy un súper héroe”. “Tengo la certeza de que alguna vez defraudaré a alguno.” “Necesito cuidarme física y mentalmente, ser resiliente.” “No puedo trabajar sola, necesito al lado mi centro, mi claustro.” “Sé que me quieren.” “Tengo entre las manos una gran responsabilidad.” “Mi profesión es un gran compromiso.” “Aunque me jubile, nunca dejaré de ser maestra.”

Y así hasta completar los 25 profesores. A cinco certezas cada uno, fueron 125 afirmaciones deslumbrantes sobre la vocación, la aptitud y la ética de una profesión entera. Estaba allí un grupo ilusionado, consciente, comprometido, en lucha contra el desánimo y sin gafas de color de rosa porque, como expresó una de las maestras en nombre de todos: “Tengo la certeza de que la enseñanza no se valora lo suficiente.”

Yo estuve allí delante, boquiabierta y fascinada por la belleza que despliegan las personas que aman lo que hacen, los seres libres que saben convertirse en referentes y marcar el camino, mientras ellos mismos van en busca de su esencia.  Las palabras y la actitud de estos maestros me ratificó en otra certeza: existe en nuestros días la posibilidad de la libertad, la posibilidad de la educación, no todo está escrito, no todo se desarrolla en las redes sociales. Las cosas de las cuales se dice que sólo ocurren cada mil años, son cosas que suceden a diario tan sólo con que exista el observador. ¡Cuánto me hubiera gustado que los grandes jefes de lo educativo presenciaran ese encuentro al azar de profesores convertidos en alumnos durante tres horas de una tarde de miércoles!

Este grupo de personas va a irradiar su influencia sobre varias generaciones de ciudadanos, a los que habrán dado ejemplo y habrán acompañado. Y efectivamente, nunca dejarán de ser profesores. Cuando se dedica la vida a ser un referente, no se deja de serlo. Los que se marchen, y los que lleguen como renuevo, van a estar educando siempre.
Les agradezco mucho su gran lección. Aún así, antes de conocer a estos 25 profes tranquilos y profundos, yo ya tenía  la certeza de que la profesión docente está constituida por personas especialísimas, generosas, sensibles y fuertes, que reflexionan sobre su tarea y sobre sí mismos, y aceptan con alegría  el impresionante compromiso ético que comienza cada mañana cuando se abre  la puerta de una clase y se le dice a las personas que te escuchan: “Buenos días, chicas; buenos días, chicos”.


Gracias  por esta inyección de savia fresca, profesores del “CTIF Madrid Norte”. 

¡Qué cerca de mí estaba la esperanza!

Escrito para el periódico Escuela.