BIENVENIDOS

Bienvenidos a esta sala de profesores. Gracias por compartir conmigo las ganas de pensar sobre educación.



jueves, 1 de diciembre de 2016

LA INCONSCIENCIA





En un texto celebérrimo – “La educación después de Auschwitz”- el filósofo Theodor W. Adorno elabora un fiero alegato contra la inconsciencia de los seres humanos, a la cual achaca todas las posibilidades de repetir una y otra vez errores y tragedias. Considera como problema grave lo que denomina “conciencia cosificada”, aquella necesidad de organizar “con realismo exagerado y con ausencia de emoción”, todo tipo de actividades sin objetivo, sin proyecto y sin meta. El hacer por hacer, que decían nuestros padres. Adorno dispara sus dardos contra quienes ocupan los lugares de mayor responsabilidad social, y denuncia la obsesión de muchos gobernantes por sacar adelante, a cualquier precio, “una supuesta aunque ilusoria política realista”, en la que se muestran poseídos por la voluntad de hacer cosas, de firmar y firmar papeles cada media hora, como quien toma un jarabe para la tos, mientras permanecen indiferentes al contenido de su acción y a la repercusión que pueda tener sobre los destinatarios, considerados, si es que se piensa en ellos, como meras cosas sin importancia. Esa actividad ciega – dice el filósofo- termina convirtiéndose en un culto, y su fundamento se sustenta en la propaganda.

No he dejado de pensar en el texto de Adorno mientras rememoraba la pequeña historia de la educación en España en estos últimos años. Desde el Pacto que quiso el ministro Gabilondo- en cuyo texto tuve el honor de participar como miembro del secretariado estatal de ANPE- , pasando por la ilusión de tocarlo con los dedos y la frustración de verlo encallar, hasta la incomunicación del ministro Wert y su equipo, con los que, literalmente, nunca se pudo dialogar. Por medio, una enésima Ley Orgánica de Educación, elaborada de espaldas a todos pero cimentada en la vieja LOGSE, a la cual se le colgaron, sobre la comprensividad de fondo, métodos nórdicos y evaluaciones, hasta convertirla en un pequeño engendro, como si se tratara de un nuevo monstruo del doctor Frankenstein. Y por supuesto, como telón de fondo, una crisis más larga de la cuenta, que se cebó en lo más necesario y lo más delicado de todo: el profesorado. Por aquí y por allá, iniciativas bienintencionadas y muy frustrantes, como la del Libro Blanco. Todo menos un Estatuto Docente. Y hoy, con la LOMCE casi terminada de implantar, volvemos al punto de partida. 

Esta vez parece que se va en serio: habrá Pacto. Aún así, me ha hecho mucha gracia que lo primero haya sido encargar un diagnóstico, como si no estuviera ya más que hecho, entre informes internacionales, memorias y evaluaciones. Debe de haber cientos de diagnósticos sobre la educación en los cajones del Congreso. No es cuestión de diagnósticos ya. Solo habrá un verdadero pacto si ponemos por escrito lo que queremos para nuestro país en los próximos veinte años, cómo queremos que sea nuestra gente, dónde soñamos con estar situados. Solo habrá un verdadero pacto si aceptamos que se debe invertir en profesorado y en recursos para atender el tremendo peligro de la exclusión que acecha hoy a miles de niños y niñas.

Siempre se vuelve al primer amor, dice el tango. Nosotros hemos vuelto a aquel momento mágico del diálogo político y social sobre educación, pero no somos tan ingenuos como entonces. En el recorrido desde ayer a hoy, las familias, los alumnos y los profesores hemos sufrido el daño inenarrable, el despilfarro tonto, la tensión inútil y la tomadura de pelo – ya basta de eufemismos- que ha sido la LOMCE. Y ahora resulta que todo lo que era innegociable y absoluto para el gobierno anterior, un año después, con el mismo partido y el mismo presidente, ya es relativo y se puede pactar, derogar y olvidar. El caso es hacer ahora lo contrario, el caso es firmar. Conciencia cosificada, diría tal vez Adorno. Yo no me atrevo a tanto, así que lo llamaré inconsciencia.

Bien está lo que bien acaba, dice uno de nuestros refranes, siempre tan pragmáticos. Desde mi escuela recortada, mutilada por la crisis, sin planes de apoyo, sin atención a la diversidad y sin suficientes plantillas de profesores, he visto llegar los libros nuevos de la LOMCE, cuajados de contenidos y con los niveles de exigencia hipertrofiados. He tenido que preparar a toda marcha con mis alumnos las pruebas externas, con el único objetivo de aprobarlas y, a pesar de disimularlo como he podido, ese es el valor que les he transmitido: se estudia para aprobar, no para aprender. He estado por tanto muy lejos de la conciencia reflexiva que considera Adorno como fin último de la educación. He estado, sin poderlo remediar, en la inconsciencia.


Si el fin único de la educación es que cada ser humano adquiera conciencia de sí mismo, de su rol en el mundo y su relevancia, deberíamos exigir que la consciencia de lo que uno se trae entre manos fuera el requisito esencial de todos los responsables políticos. Vamos a tener un Pacto de Educación por fin, sí, pero qué tristeza por el tiempo perdido, por el dinero despilfarrado, por la comunidad educativa desconcertada. Qué tristeza de educación. De España.

Artículo escrito para el periódico Escuela.

sábado, 5 de noviembre de 2016

LADRÓN DE BICICLETAS






Un español ilustre me contó hace unos meses su primer recuerdo de la Guerra Civil española: “Yo era muy pequeño aún, pero ya poseía un gran tesoro: mi bicicleta. Montaba muy bien, como una fiera, subiendo y bajando las cuestas del pueblo. Tanto pedaleaba que la rompí. Mi padre la llevó a arreglar al pueblo de al lado, que era más grande y tenía un taller. Ese mismo día estalló la guerra. Todo cambió, todo se trastocó. Tuvimos que salir huyendo de noche. Nadie recogió mi bicicleta del taller. Yo no me atreví a recordárselo a mi padre, que tanto lloraba. En los años siguientes, perdí la infancia pero todavía hoy, a los ochenta y pico años, recuerdo sobre todas las cosas que con la guerra perdí aquella bicicleta.”

Una bicicleta es aire libre y fresco en la cara, esfuerzo para subir y risas para bajar; es un viaje, una aventura, una escuela, un riesgo y una seguridad; es una amiga, muchos amigos, la pandilla, el sol amarillo, el verano azul.

Una bicicleta es un juguete, un tesoro, una primera posesión. Es valiosa, hay que cuidarla, se puede dibujar en un papel y recrearse con sus detalles: el manillar que evoca de lejos un animal bravo, la serpenteante cadena... También se puede pintar de colores chillones, ponerle un faro, una cesta para flores y un timbre que despierte a los padres de la siesta.
Una bicicleta es el gran regalo. Su nombre, en todos los idiomas, ha sido escrito alguna vez por todos los niños del mundo. Y si no ha sido escrito, ha sido invocado en los sueños. Y esos mensajes los han recibido directamente todos los Magos, duendes, Noêl y Claus que pueblan las chimeneas – o las tuberías-  de las casas donde hay niños.

Una bicicleta puede ser, a los ojos de un chiquillo de siete años, la Navidad. Puede convertirse en uno de los mejores recuerdos de su vida; puede simbolizar la entera infancia.

¿Y la guerra? ¿Qué es la guerra sino un ladrón de bicicletas?


Escrito para la revista 21RS

miércoles, 2 de noviembre de 2016

MODELOS



Hace unos días, en un curso de formación sobre la Acción Tutorial que se celebraba en el “CTIF Madrid Norte”, de San Sebastián de los Reyes, la ponente pidió a los profesores presentes que escribieran cinco certezas de su vida profesional. Ellos, 25 maestros, maestras y profesoras de Secundaria, se concentraron profundamente, lápiz y papel en mano, y durante un buen rato reflexionaron en silencio sobre una cuestión nada inocua ni neutral, que apelaba directamente a su sistema de valores.

Comenzó después la ronda de respuestas y hablaron los docentes: “Tengo la certeza de que soy un modelo de comportamiento para mis alumnos y ello me obliga a tomar decisiones éticas.” “Tengo la certeza de la duda, el cuestionamiento perenne de mis decisiones y mis actos.” “Tengo la certeza de que aprendo de los alumnos.” “Tengo la certeza de que sé cómo hacerlos sonreír”. “Tengo la certeza de que me gusta mi profesión, me hace levantarme feliz por las mañanas.” “Tengo la certeza de que mi presencia deja huella en muchas personas.” “Hago el trabajo para el que he nacido.” “El aprendizaje necesita emoción y motivación.” “Mis alumnos saben que pueden contarme sus asuntos, sean o no pertinentes.” “No puedo hacer mucho sin la ayuda y el impulso de la familia.” “Transmito valores.” “Es una profesión de aprendizaje constante”. “Cada día aprendo de los chicos y chicas de mi clase”. “Ellos aprenden mejor cuando parto de sus fortalezas y no de sus debilidades.” “Aprenden mucho más de lo que yo les enseño. “ “Tengo la certeza de que no soy un súper héroe”. “Tengo la certeza de que alguna vez defraudaré a alguno.” “Necesito cuidarme física y mentalmente, ser resiliente.” “No puedo trabajar sola, necesito al lado mi centro, mi claustro.” “Sé que me quieren.” “Tengo entre las manos una gran responsabilidad.” “Mi profesión es un gran compromiso.” “Aunque me jubile, nunca dejaré de ser maestra.”

Y así hasta completar los 25 profesores. A cinco certezas cada uno, fueron 125 afirmaciones deslumbrantes sobre la vocación, la aptitud y la ética de una profesión entera. Estaba allí un grupo ilusionado, consciente, comprometido, en lucha contra el desánimo y sin gafas de color de rosa porque, como expresó una de las maestras en nombre de todos: “Tengo la certeza de que la enseñanza no se valora lo suficiente.”

Yo estuve allí delante, boquiabierta y fascinada por la belleza que despliegan las personas que aman lo que hacen, los seres libres que saben convertirse en referentes y marcar el camino, mientras ellos mismos van en busca de su esencia.  Las palabras y la actitud de estos maestros me ratificó en otra certeza: existe en nuestros días la posibilidad de la libertad, la posibilidad de la educación, no todo está escrito, no todo se desarrolla en las redes sociales. Las cosas de las cuales se dice que sólo ocurren cada mil años, son cosas que suceden a diario tan sólo con que exista el observador. ¡Cuánto me hubiera gustado que los grandes jefes de lo educativo presenciaran ese encuentro al azar de profesores convertidos en alumnos durante tres horas de una tarde de miércoles!

Este grupo de personas va a irradiar su influencia sobre varias generaciones de ciudadanos, a los que habrán dado ejemplo y habrán acompañado. Y efectivamente, nunca dejarán de ser profesores. Cuando se dedica la vida a ser un referente, no se deja de serlo. Los que se marchen, y los que lleguen como renuevo, van a estar educando siempre.
Les agradezco mucho su gran lección. Aún así, antes de conocer a estos 25 profes tranquilos y profundos, yo ya tenía  la certeza de que la profesión docente está constituida por personas especialísimas, generosas, sensibles y fuertes, que reflexionan sobre su tarea y sobre sí mismos, y aceptan con alegría  el impresionante compromiso ético que comienza cada mañana cuando se abre  la puerta de una clase y se le dice a las personas que te escuchan: “Buenos días, chicas; buenos días, chicos”.


Gracias  por esta inyección de savia fresca, profesores del “CTIF Madrid Norte”. 

¡Qué cerca de mí estaba la esperanza!

Escrito para el periódico Escuela.

miércoles, 19 de octubre de 2016

Telma y el 19 de octubre



El 19 de octubre celebramos de nuevo el Día Mundial contra el Cáncer de Mama. Mientras tanto, sigue habiendo mujeres que llegan tarde al diagnóstico o que se están jugando la vida en la lentitud de una lista de espera, y esa es una injusticia de tal calado que debería ser intolerable. Las campañas de prevención y los recursos destinados a la investigación médica nos tendrían que comprometer a todos, y deprisa, porque un cáncer no es un ensayo general sino la vida. Un vuelco, un punto de llegada y un comienzo de etapa también.

Así lo está viviendo mi amiga Telma. Ella, que es doctora en Medicina, supo desde el primer momento a lo que se enfrentaba y quiso hacerlo a cara descubierta, me atrevo a afirmar que sola. Ante ella brotaba, por sorpresa, un recordatorio de la vulnerabilidad que es nuestra esencia de seres humanos. Dentro de ella se agolpaban la incertidumbre por no saber cómo reaccionar, la marejada de emociones intensas, la tentación de negar la realidad, la culpabilidad y el miedo. También la ansiedad y la rabia. Sobre ella, como una punta del iceberg, la presión del atractivo físico, al cual tanto perjudica el tratamiento; esa importancia del cabello y de la piel que solo podemos comprender el resto de las mujeres. Y, por encima de muchos otros pensamientos, se elevaba en Telma la certeza de que su familia la necesitaba fuerte y valerosa. Porque la familia está implicada desde el primer momento en esta cumbre de la vida. Sobre la pareja y los hijos recaen también la incertidumbre y el miedo, la culpabilidad y el compromiso. Y de repente, todo lo laboral, profesional y externo que giraba en torno a Telma cobró una dimensión diminuta frente a la magnitud de la travesía que iniciaba.

Aquel viaje comenzó en un quirófano al que ella entró solamente con la esperanza. La lucha, a partir de entonces, fue cruenta y dura y así, sin paños calientes, nos la fue contando.

Hoy Telma lleva ya dos años de ruta y todo va bien, está controlado y evoluciona positivamente, como sucede en un porcentaje mayoritario- y en aumento- de los cánceres de mama. La esperanza que ella encendió en su corazón, porque quiso hacerlo así, se ha convertido en una certeza: va a seguir adelante por el camino de la vida, tiene tanto futuro como cualquier otra mujer.


Queda mucho por hacer y urge mucho. Aún así, me parece que llamamos “celebración” al 19 de octubre porque Telma y miles de mujeres que sufrieron en su día esta enfermedad van a vivir, un año más, el Día Mundial contra el Cáncer de Mama.

domingo, 16 de octubre de 2016

ALTAS CAPACIDADES


La Fundación Mundo del Superdotado, que preside la generosa e incansable Carmen Sanz Chacón, está realizando una labor impagable por la visibilidad y la normalización de los alumnos superdotados. Son, según las estadísticas, más de 142.000 en toda España, un 2% de la población escolar. A día de hoy tenemos seguramente al menos uno en clase y diez en el centro educativo. Los docentes nos encontramos con decenas a lo largo de nuestra vida profesional, la mayoría de ellos sin identificar.  

La Fundación acaba de celebrar su IV Congreso y ha entregado de nuevo premios a los centros que potencian el aprendizaje de los alumnos con altas capacidades. Los profesores ganadores han compartido experiencias reales, valientes y diversas, de centros educativos que han comprendido verdaderamente cuál es el sentido completo de la atención a la diversidad.

Nos encontramos en estos momentos inmersos en este proceso del aprendizaje por competencias. En este marco, la séptima competencia, según están enumeradas por el famoso informe de Jacques Delors, es la denominada aprender a aprender. Tiene dos dimensiones fundamentales. Por un lado, la adquisición de la conciencia de las propias capacidades y las estrategias necesarias para desarrollarlas. Por otro, disponer de motivación, confianza en uno mismo y gusto por aprender. Este debe ser el marco en el que se desenvuelva la atención a los alumnos con altas capacidades y estos deben ser los objetivos de la atención que se les preste. Porque ellos, con su mente poderosa, nos apelan a los docentes más que ningún otro tipo de alumnado y nos ponen frente a nuestra capacidad de respuesta.  Y es que, en terrible paradoja, el fracaso escolar ha sido hasta hoy el destino de muchos alumnos superdotados, condenados al fracaso en unas aulas que, como el famoso lecho de Procusto, sirven sobre todo para amputar talentos en busca de una homogeneidad - de un “termino medio”- imposible.

Uno de los filósofos fundamentales del siglo XX, Martin Heidegger, dice en una de sus obras: ¿Es verdad que pensar contra las creencias comunes conduce necesariamente a lo negativo? La primera creencia común es que no tenemos en cada aula un alumno al menos con una capacidad superior a la media. La segunda, que este chico, esta chica, pueden desenvolverse solos. Estamos obligados a romper la estructura de prejuicios que convierte a los superdotados españoles en un tabú, y buscar para ellos, de una vez, soluciones adecuadas. Porque la excelencia y el talento deben jugar un rol protagonista en nuestro futuro y el de la sociedad en que vivimos.



lunes, 3 de octubre de 2016

PROFESIONALIDAD






“-Cuando yo uso una palabra – insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso- quiere decir lo que yo quiero que diga: ni más ni menos.
-La cuestión- insistió Alicia- es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas distintas.
-La cuestión- zanjó Humpty Dumpty- es saber quién es el que manda. Eso es todo.”
                                                                    Lewis Carroll, Alicia a través del espejo.


Desde hace algunos años los docentes vivimos y trabajamos sumergidos en un torrente de palabras que significan muchas cosas distintas. No tengo la certeza de que alguna vez hayan poseído un significado único, pero sí sé que desde el comienzo de mi carrera como docente, hace más de treinta años, han cobrado sentidos y dimensiones muy distintas.

Una de estas palabras sujeta a los vaivenes es “profesionalidad”. El Diccionario de la Real Academia, con su proverbial laconismo, nos ofrece dos definiciones:”Cualidad de la persona que ejerce su actividad con capacidad y aplicación relevantes”  y “Actividad que se ejerce como una profesión”.  Pues bien, cuesta encontrar artículos de opinión, testimonios, noticias o comentarios que den por hecho que los maestros y profesores españoles desempeñamos nuestra actividad con capacidad y aplicación relevantes. Como afirma el profesor portugués Antonio Reis Monteiro: La profesión docente sufre una curiosa paradoja: es una gran profesión a la que cuesta reconocer una gran profesionalidad. 

Efectivamente, esta gran paradoja condensa muchos de los problemas que aquejan a los docentes de hoy. Nadie duda, en términos generales, que los profesores desempeñamos un papel relevante para la sociedad, pero el valor personal y público del servicio que prestamos- la educación- no disfruta hoy de un estatus comparable al de otras profesiones de relevancia social análoga. La sociedad actual hace elogio de la educación y desprecio de los educadores. Los profesores vemos cada día cuestionada nuestra capacidad para tomar decisiones pedagógicas y académicas, para mantener el orden y la convivencia y para ejercer una labor educativa complementaria a la de la familia. A veces parece que no estamos incluidos en el derecho a la educación, que para nosotros es sencillamente el derecho a enseñar, como para los alumnos es el derecho a aprender. Es frecuente la asimilación de la tarea docente con la figura mitológica de Sísifo, que cada día debía levantar de nuevo lo que por la noche le desmoronaban.

Me pregunto por qué nos sucede esto, cuando en mi experiencia cotidiana convivo y he conocido claustros enteros con capacidad y aplicación excelentes, que realizan una tarea de calidad mucho mayor que la mera relevancia. Tal vez haya llegado el momento de que los propios centros, sobre todo en la enseñanza pública, salgamos a contar todo lo que hacemos bien, y accedamos a la cultura de la comunicación, en vez de sacar a la luz solamente nuestras necesidades o carencias.

La paradoja entre valoración de la importancia de una profesión y descrédito de su profesionalidad se ha demostrado, por ejemplo, en el último debate sobre los deberes escolares. La opinión pública ha escuchado testimonios de padres contrarios a ellos, de padres a favor, de expertos del ámbito universitario, tertulianos y comentaristas. Ninguno de ellos ha hablado de que un profesor sabe lo que hace cuando pone deberes a sus alumnos, porque eso forma parte de su tarea profesional. Y de que siempre está abierto al diálogo con las familias y con el resto de sus compañeros.

Para quienes desempeñamos una tarea de tan inmensa responsabilidad como es la enseñanza- que conlleva un compromiso ético profundo y una absorbente implicación personal- resulta muy duro que a los destinatarios de nuestra tarea – alumnos, familias y sociedad- les resulte difícil valorar en una medida justa nuestro trabajo. 

Sobre educación, todos opinan, todos saben, todos cuestionan, menos los políticos, que guardan silencio o exponen lugares comunes. La verdad es que si a la sociedad le preocupa aquello de lo que hablan los políticos, entonces la situación del profesorado no puede preocuparles. Pero de ahí a que la docencia se convierta en recurso para la caricatura de trazo grueso o para la crítica de barniz sociológico hay un mundo. Los profesores no podemos estar definidos, en el imaginario colectivo, por la duración de nuestras vacaciones de verano. La valoración del trabajo que lleva a cabo un docente en el aula no es simplemente una cuestión de salario sino de “salario emocional” y está pendiente para la política y la sociedad.

La única posibilidad de invertir esta tendencia está en la posición que ocupe la educación en las políticas de Estado. Los informes internacionales nos muestran que en aquellos países que consideran a la educación como actuación prioritaria, el profesorado goza instantáneamente de mayor respeto y consideración por parte de todos.

Cuánta razón llevaba Lewis Carroll: “La cuestión es saber quién es el que manda. Eso es todo.”



martes, 13 de septiembre de 2016

EL "DIAGNOSTICISMO"



En 1930, José Ortega y Gasset describió en su libro “La rebelión de las masas” los perfiles negativos de sus contemporáneos. Los calificaba como vaciados de su propia historia, sin entrañas de pasado ni intimidad, dispuestos a fingir cualquier cosa, incapaces de entender que hubiera misiones particulares y vocaciones, abandonados a la impresión de que la vida es fácil, y por tanto convencidos de que son dominadores y triunfantes, acostumbrados al exceso en lo material, sin autocrítica ni escucha, que ni ponían en tela de juicio sus opiniones ni contaban con los demás.

Es facilísimo identificar con estas palabras a los jóvenes de hoy. El filósofo enmarcaba esta descripción en la desesperanza de los años treinta del siglo XX. La de nuestros chicos y chicas se enmarca en el sistema económico y social que nos gobierna, tal vez sucesor natural de aquel triste periodo de la historia.

Sin embargo, con ser todo esto cierto, caemos con frecuencia en algo que podríamos denominar “diagnosticismo”: una descripción pesimista de los problemas que no aporta soluciones. Me asombra hasta que punto se ha extendido esta práctica entre los expertos, incluso entre quienes hablan de educación, cuya herramienta básica debería ser la esperanza. Si en todos los seres humanos late un alma profunda, ¿cómo podemos llamar generación perdida a un grupo de personas que apenas ha empezado a vivir? ¿Con qué derecho? Al fin y al cabo, los adolescentes reflejan la actitud general de la sociedad y sus modelos éticos son los que les presentamos.

Debemos abandonar el “diagnosticismo”,  que no describe la verdad, ni siquiera una parte considerable de ella, porque termina siendo una fuente de desesperanza. Así que empecemos por la humildad de reconocer que el hombre no es la medida de todas las cosas sino la medida de lo humano. Somos seres abiertos a nuevas posibilidades de crecimiento, por eso los docentes, además de enseñar álgebra o robótica, personificamos

Sabemos que nuestra presencia está dejando una profunda huella vital en los alumnos y no desaprovechamos la ocasión de ahondarla transmitiendo de palabra y de obra el verdadero modo de empleo de la vida: los valores. Están ahí siempre: seguimos necesitando la comunicación, la amistad; seguimos siendo solidarios, seguimos doliéndonos con las injusticias y riendo como válvula de escape, seguimos amando y sufriendo. Los niños y jóvenes entienden qué es un sistema de valores, no hay más que hablar en clase sobre ellos.

Abandonar el “diagnosticismo” requiere, sobre todo, oxidar la nostalgia. Los “diagnosticistas”, cuando hablan de recuperar valores, se refieren a un tiempo perfecto en el cual estuvieron vigentes, y que nunca ha existido en realidad. No hay tiempos mejores a los que regresar, lo que hay es una búsqueda, un progreso ético de la humanidad que debe avanzar y no retroceder. Este es el mejor momento de la historia porque es el nuestro. Y el mundo de hoy, es mejor que el de hace quinientos años. A pesar de todo. Sin duda.

Nuestros alumnos han visto aumentar extraordinariamente sus posibilidades y tienen reconocidos sus derechos. Son iguales ante la ley y cuentan con las cuotas de libertad más amplias que nadie haya tenido. Además, no han perdido la profundidad de su esencia. Necesitan, de la manera más profundamente humana, mirar lo que acontece, pensar lo que acontece, preguntarse por ello. He escuchado decir a una gran especialista que la adolescencia es el territorio de la irreflexión. Seguramente, es una afirmación desmemoriada: no hay etapa en que uno reflexione más y se haga más preguntas. Los niños y jóvenes intuyen que el vértigo de la actualidad no es la plenitud y que necesitan una dimensión interior. Por eso el centro educativo debe ser un lugar donde cargar las pilas, y los profesores, una dinamo.

La tarea docente se efectúa, de principio a fin, en el sistema de valores. Nos obliga a los profesores a realizar un viaje hacia el interior que tiene un componente muy grande de decisión personal, de templanza, de consciencia, de espíritu. Si saboreamos estas palabras nos daremos cuenta de que estamos hablando de la dimensión esencial del hombre.

Abajo el “diagnosticismo” sin respuestas. Ahora las cosas son así, pero ahora es cuando nos toca actuar. Necesitamos las virtudes clásicas, que son los verdaderos avances de la humanidad: justicia, prudencia, sabiduría profunda, conocimiento de nuestros límites, templanza en los juicios, pasión por la verdad, atención a los demás, autocontrol, reconocimiento de que somos una hermandad que solo puede progresar si se ayuda mutuamente. 

La partida está en nuestras manos.