BIENVENIDOS

Bienvenidos a esta sala de profesores. Gracias por compartir conmigo las ganas de pensar sobre educación.



domingo, 4 de junio de 2017

Todos los alumnos tienen un sueño







“El alumnado es el centro y la razón de ser de la educación. El aprendizaje en la escuela debe ir dirigido a formar personas autónomas, críticas, con pensamiento propio. Todos los alumnos y alumnas tienen un sueño, todas las personas jóvenes tienen talento. Nuestras personas y sus talentos son lo más valioso que tenemos como país.
Por ello, todos y cada uno de los alumnos y alumnas serán objeto de una atención, en la búsqueda de desarrollo del talento, que convierta la educación en el principal instrumento de movilidad social, ayude a superar barreras económicas y sociales y genere aspiraciones y ambiciones realizables para todos. “

Así, a lo Martin Luther King, arranca el preámbulo de la ley de educación vigente en estos momentos en España.

Es verdad: todos los alumnos sueñan con el futuro. Yo misma trabajo muy cerca de los sueños de los niños esos que viven “por debajo del umbral de la pobreza”, según los denominan las estadísticas. Y realmente hay que verlos para creer cuántas necesidades fundamentales no hay por debajo de ese umbral.
Los centros que escolarizan a ese alumnado son muy distintos de aquellos que tienen garantizado el nivel medio exigible a los niños occidentales. Sin embargo, la administración los considera y los trata como si fueran centros educativos exactamente iguales.
No es así. Y si los centros son distintos, el papel de la administración con respecto a ellos debería ser distinto también.

Allí afuera, en los centros educativos “del umbral” sería importante:

1.     Garantizar la estabilidad de las plantillas. El cambio constante de profesores dificulta las acciones conjuntas y obliga a los alumnos a una constante readaptación.

2.      Garantizar la presencia, dotada con generosidad, de los profesionales de la atención a la diversidad: orientadores, profesores de compensatoria, organizaciones de asistencia, que realizan una labor imprescindible.

3.    Garantizar la cobertura inmediata de las bajas por enfermedad del profesorado. En un centro con alumnado conflictivo, la ausencia de un profesor se convierte en un problema muy grave.

4.     Garantizar la presencia del profesor de Religión desde el día 1 de septiembre, para poder realizar los horarios del profesorado con normalidad y evitar la sensación de provisionalidad que supone conocer el horario la víspera del comienzo de las clases, lo cual impide realizar con antelación las programaciones diarias de aula. Es inconcebible que por ahorrar una semana en el sueldo de un trabajador se someta a los centros educativos a esta presión.

5.   Realizar acciones que puedan aumentar la autoestima del centro y mejorar la opinión que se tiene del mismo por parte del entorno. Por ejemplo, visibilizar que el centro forma maestros en prácticas es cuestión de un simple diploma o una placa, y sin embargo cuánta satisfacción producen estos pequeños detalles cuando se sabe uno el único referente educativo para muchos niños y niñas.

6. Adecuar la formación del profesorado a necesidades muy específicas del centro, sin constreñirla en ámbitos generales, TICs, etc. En los centros de estas características, la formación del profesorado debe partir de las necesidades del centro y resolver problemas o carencias del mismo.

7.  Compensar las dificultades de un centro de estas características asegurando su permanencia institucional. Servimos para mucho, resolvemos mucho, integramos mucho, hacemos mucho bien a la sociedad, como para estar contando si pasamos o no del número establecido de matrículas.

8. Modificar en forma y fondo las pruebas de evaluación externa. A día de hoy, son una comparación pura entre entornos socioculturales muy distintos, sin consecuencias para la mejora de los puntos débiles detectados en los centros. Por tanto no constituyen una verdadera evaluación. Solo sirven para elaborar una lista de resultados descontextualizada que lesiona la autoestima de los alumnos. También la nuestra, como profesores que lo damos todo en un entorno de máxima dificultad. El hecho de que, por ejemplo, en la Comunidad de Madrid un centro con un 40% de alumnado de compensatoria y un bilingüe de una zona de alto nivel realicemos la misma prueba externa de inglés no sirve como evaluación. El resultado de quién sabe más se conoce de antemano. Si los resultados sirven solo para demostrar la obviedad de que en los bilingües de zonas favorecidas se aprende mucho inglés, el método empleado es profundamente, y tal vez hasta inconstitucionalmente, injusto.


Hay que mirar con atención los centros educativos de especial dificultad porque todos los alumnos tienen un sueño. Precisamente por eso.

jueves, 1 de junio de 2017

Feria del Libro de Madrid 2017

video


El viernes 2 de junio estaré firmando ejemplares de El Terrario y de Jilgueros en la cabeza en la Feria del Libro de Madrid, caseta 310, de Edelvives.

Subo también un vídeo sobre la presentación de El Terrario en Campo de Criptana. La novela está recibiendo muy buenas críticas y va ya por la segunda edición.

Presentación en Campo de Criptana


Por otra parte, el viernes 9 de junio presentaré la novela en San Fernando de Cádiz, mi tierra.


Gracias a todos. Es un estímulo enorme saber que El Terrario os está gustando.

miércoles, 17 de mayo de 2017

A FLOTE



Presenciamos en torno a nosotros un inmenso naufragio de la ética política. Si Hércules, para limpiar los establos del rey Augias – que acumularon durante años los excrementos de quinientos doce toros- tuvo que desviar el curso de varios ríos, nosotros, para arrastrar la suciedad sin fondo que hoy nos rodea, tendremos que cambiar nuestros modos de país de pícaros. Porque quien roba a los ciudadanos no es un pícaro sino un delincuente, y porque esos ríos desnaturalizados por culpa de la corrupción pueden ser- están siendo ya - las instituciones de nuestra democracia.

Creo que todos nos sentimos desorientados. Más que nunca necesitamos señales para distinguir, en todo este caos, a quienes muestren algo de seriedad y tengan palabra. Qué antigua se ha quedado esta expresión, por cierto. Qué insólito es que lo que se promete se cumpla. Y sin embargo no hay lugar para bromas: si la ética no rige el uso que los políticos hagan de nuestra confianza, depositada en ellos a través de los votos, no habrá futuro. Así de claro.

Todo este panorama desolador lo es mucho más cuando se contempla desde la escuela. Si estás en la urbe, porque la suciedad y el abandono te recuerdan constantemente que había que recortar en limpieza y asfalto para llevárselo más crudo; si estás en el pueblo, porque los campos se malvendieron y tal vez lo que divisas ahora desde el patio del cole es el inmenso fantasma de un aeropuerto.

Si te apartas de la ventana de clase y miras hacia adentro, notas la ausencia del profesor enfermo cuya baja no se ha cubierto; ves la puerta cerrada del aula de compensatoria; los carteles bilingües de lo que fue en tiempos el aula de enlace. Por supuesto, los alumnos a quienes estaban destinados esos apoyos, siguen ahí, más perdidos. Los políticos robaban, claro, por eso no hubo dinero para ampliar la red de banda ancha, para pagar el verano de los profesores interinos, para otorgar licencias por estudios, para extender las pizarras digitales, para renovar el mobiliario escolar…

Robaban como fieras, compulsivamente, mientras nosotros dábamos clase de ética y ciudadanía. Pero seguíamos allí, impertérritos, explicando a los alumnos qué son el honor y la justicia, porque la escuela es el lugar natural para aprender lo relacional y social, y por tanto la ética ciudadana y democrática. Los chicos entendían los conceptos y hasta se aventuraban a ponerlos en práctica, el truco era no buscar ningún modelo de conducta que pudiera salir en el telediario.

La corrupción duele más desde la escuela porque ella es el santuario de la ética. Y duele en los claustros, tan castigados por los recortes, porque los guardianes del santuario somos, qué cosas, los humildes profesores y maestros.

La dignidad de la docencia estriba sobre todo en su condición de profesión esencialmente ética. Hay facetas vitales en las que podemos dedicarnos a acompañar el verbo ser con sustantivos. En ellas, todo brota desde ese fundamento: soy madre, soy joven… Sin embargo, en el ámbito profesional es frecuente conjugar el verbo ser con adjetivos: soy puntual, soy competente… Pues bien, la docencia es sustantiva. Se es maestro. Ineludiblemente. Dentro y fuera del aula.
Siempre me ha gustado observar las particularidades de nuestra ética profesional. Por ejemplo, tengo la certeza de que un profesor que esté esperando a que el semáforo se ponga en verde y vea a un niño en la acera de enfrente esperando también, no cruzará la calzada en rojo aunque no vengan coches. ¿Es irrelevante? No; es la asunción completa de un requisito profesional y personal: la ejemplaridad.  

Mientras dura su camino común, cada profesor es un referente ético para cada alumno; por su parte todos los alumnos son apelaciones a la excelencia moral para el maestro. La tarea docente transmite el mundo para que pueda ser mejorado por la generación siguiente, que a su vez habrá de transmitirlo. Y ese avance, durante el cual las generaciones se suman, es profundamente, dignamente humano. Quienes desempeñan la docencia deben conocer y aceptar su dimensión ética, una de las más exigentes de todas, en una profesión que, paradójicamente, carece de código deontológico.


Cuando todo naufraga, la escuela como paradigma de la personificación sigue a flote, por eso clamamos por la presencia política y social de la ética. O nos robarán el futuro.

Artículo escrito para el periódico Escuela.

lunes, 3 de abril de 2017

Una nueva vida



No sé por qué se me ocurrió ir en el tren de cercanías en vez de llevarme el coche aquel sábado por la tarde. Tal vez por la pereza de buscar aparcamiento en el centro de Alcalá de Henares, o por la necesidad de estar sola durante una hora, viendo pasar ciudades dormitorio y barriadas en silencio, sin hacer absolutamente nada. El caso es que tomé el de las 18,02 en la estación de Chamartín y me senté junto a la ventanilla.

Subieron en Atocha y se sentaron frente a mí. Tuve que recoger un poco las piernas; son tan estrechos esos asientos… Ella llevaba el hiyab con camiseta y vaqueros. Tenía los ojos de color castaño dulce, inmensos, rodeados por largas pestañas de muñeca. Era muy joven, no le eché más de veinte años, y tan preciosa, con la piel tan blanca y la boca tan suave, que las huríes no la hubieran dejado entrar en el paraíso. Él era alto y grande, moreno, con el cabello muy rizado y los ojos de fuego verde. Llevaba el ceño fruncido como un adolescente que hubiera crecido demasiado pronto. Se miraron en silencio y se besaron tiernamente en los labios. Estaban solos en el vagón, yo me sentí invisible. Fue él quien continuó una conversación que la llegada del tren debía de haber suspendido.

-He robado. He robado y lo tengo que admitir. Y ya lo he pagado.
-Y ahora, ¿qué? ¿Marcharte? ¿Te devuelven allí otra vez? ¿Es que no hay remedio?
-Me echan de aquí. Dice el abogado que no hay nada que hacer.

Bajó la cabeza en silencio, como escuchando una sentencia, pero sus ojos desprendían llamas de rabia verde. Ella miró a través de la ventanilla hacia un punto lejano. Pensé: qué triste está, qué enamorada, qué decidida. Se está convirtiendo en una mujer aquí ante mis ojos. En Atocha era una niña y ahora ya no lo es. Nunca lo será de nuevo.

-Pues me voy contigo. Yo no puedo vivir sin ti y me da todo igual. Se lo diré a mi madre y ella lo entenderá. Dejo todo lo que tenga que dejar y me voy contigo amor, a donde tú vayas.
Él acercó el rostro y volvió a besarla en los labios. Ella prosiguió. Hablaba con un timbre vibrante y tranquilo a la vez:

-Pero tiene que ser para comenzar una nueva vida. Tiene que ser para trabajar en serio, para estar juntos y hacer las cosas bien. Si la situación está mal aquí, allí será tremenda pero no importa. Algo nos saldrá.

Él le acarició la cara en silencio. Apretaba los labios y le temblaba la barbilla pero ella no se dio cuenta. Solo veía el fantasma del futuro.

-Amor, prométeme que será para empezar una nueva vida. Dime que sí, que vamos a trabajar en serio, juntos los dos. Dime que vamos a hacerlo todo bien a partir de ahora.
Él no contestó. El tren llegaba a la estación de Vallecas. Ella volvió a mirar hacia afuera, triste y decidida. Se bajaron en silencio. Los vi avanzar por el andén, cogidos de la mano.
La infancia de una muchacha quedó tirada en el asiento ante mí, como un despojo de alma.


Continué el viaje. 

viernes, 17 de marzo de 2017

La venganza de los niños



Hace tres siglos un profesor muy prestigioso, don Emmanuel Kant, de la Universidad de Köenigsberg, escribió que el motor que hacía progresar la sociedad humana era la insociable sociabilidad del hombre: esa competencia con el vecino que nos obliga a aguzar el ingenio, la competitividad que da origen a los inventos. Pero el ilustre “don Manuel” no tiene la razón completa, porque los conflictos que no se solucionan bien son disfunciones en la comunicación humana, esa comunicación del rostro humano frente al rostro humano que, según los paleontólogos, justifica nuestra posición erguida.

En el terreno de la educación, todos sabemos que el clima de un aula condiciona completamente el proceso de enseñanza y aprendizaje. Sabemos que, cuando encontramos conductas disruptivas, nuestra motivación y la del alumnado decrecen y se ven sustituidas por un desánimo que muy pronto se transforma en impotencia.
Los conflictos en las escuelas no son generalizados pero son reales. Los dos o tres alumnos disruptivos que todos contamos como “nuestros”, esos chicos o chicas que nos llevamos puestos a casa y sobresaltan por la noche nuestros sueños, existen de verdad. Han estado hoy en clase y volverán mañana. Su actitud seguramente refleja la despersonalización, la agresividad y las dificultades de comunicación de una sociedad como la nuestra, que gusta de llamarse precisamente sociedad de la comunicación. Tal es la evidencia de ese reflejo que a veces me pregunto si lo que ellos nos muestran en clase - la manera en que maltratan a sus compañeros y se agreden a sí mismos, la incidencia cada vez mayor de problemas psicológicos y hasta psiquiátricos- no será una especie de venganza de los niños por las dificultades que tienen hoy las familias para educar. Y también - hay que atreverse a decirlo- por la infantilización, el consumismo, la hipersexualización, la banalidad, el hedonismo, las adicciones y la incongruencia de los adultos que los rodean.

Hemos sido capaces de romper el tabú de que en la bendita infancia podía producirse la violencia. Estamos actuando ya en firme contra el acoso escolar y los resultados se notan. Tal vez haya llegado el momento de decir en voz alta que los niños y niñas con mayores dificultades sufren una fiebre de la que nosotros, los profesores, vemos solo los síntomas pero que se produce fuera del aula: en la casa y en el barrio, en la tele y en las redes sociales. Y que es allí – en la sociedad- donde únicamente se puede solucionar.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Filósofos





La maestra va a comenzar la clase de Naturales en 4º de Primaria, su tutoría. El tema de la sesión es el sistema nervioso. Para despertar el interés por el cerebro humano, pregunta a los alumnos qué diferencias encuentran entre las personas y el resto de los animales. Y los chiquillos de nueve años comienzan a enumerar conceptos inolvidables. 

Séfora, una de las niñas, toma nota de ellos en la pizarra digital, y escribe al dictado de sus compañeros: “La imaginación, la curiosidad, la palabra, la risa, el llanto, la emoción, poder elegir entre hacer algo bien o mal, soñar, el cine, los libros, cambiar de vida, proyectar, elegir, hacer cosas inesperadas y dar sorpresas, la libertad, saber que va a morir, el pensamiento, la reflexión, la emoción, contar cuentos, crear, construir, jugar al ajedrez, enamorarse, amar…”

Al terminar la clase la maestra está segura de que Sócrates y Kant, Nietzsche y Kierkegaard, Arendt y Zubiri, en realidad, eran personas que supieron conservar durante toda la vida sus almas de niño. Así que, cuando llega el momento de copiar el esquema sobre el sistema nervioso, siente que es ella la que baja el nivel.

Está segura también de que el gran reto de la escuela, reto incumplido, inaprensible desde los viejos conceptos, está en fomentar ese pensamiento alto y libre de los niños, sin encorsetarlo en los parámetros rígidos de lo que hay que decir y hacer porque siempre se ha dicho y hecho así.

Lo que se aprende en la escuela debe tener sentido fuera de ella; lo que un niño y una niña deducen, inducen y crean debe convertirse en un verdadero punto de partida. Y como el patrón estándar de corrección y evaluación se pliega ante la fuerza de la creatividad humana, cada docente debe asumir la obligación profesional y moral de potenciar esta fuerza en sus alumnos.

Yo soy esa maestra. ¡Cuánto he aprendido esta semana! ¡Gracias, chicos y chicas de mi escuela!



lunes, 6 de marzo de 2017

La Belleza





Clase de Valores en un colegio público de barrio en Madrid. Alumnos de 5º y 6º de Primaria, preadolescentes. Tema de la jornada: el valor de la Belleza.

La maestra comienza preguntando si alguien puede definir la belleza, y advierte a los chiquillos sobre la dificultad de la respuesta. Entre unos y otros, lanzan la primera bomba de sabiduría: “La belleza es algo mucho más profundo de lo que perciben los sentidos. Es aquello junto a lo que te sientes cómodo y tranquilo.” La maestra, casi sin resuello, propone algunas cuestiones mientras proyecta imágenes en la pizarra digital. “¿Es bella la pirámide de Keops?”- pregunta. Y Nico, un rubiales de ojos muy vivos responde inmediatamente: -“No, porque costó la vida de muchas personas.”. Lisett, desde la otra esquina de la clase, responde con su acento cálido: “Pero no perdieron la vida por nada, dejaron un gran legado. Sí que es bella.”

“Y Mona Lisa, ¿es bella?”- continúa la maestra. Verónica, que tiene la carita de un ángel, responde: “Para mí, sí lo es. A lo mejor no es tan perfecta como una modelo pero a su lado yo me sentiría cómoda.” “¿Por qué?”- pregunta Johansel, desafiante. Y Verónica, responde como un rayo: “Porque es amable. ¿No ves cómo le sonríe al pintor?”

“¿Y el David de Miguel Ángel?” “Es bello aunque está enfadado y con la honda en la mano da un poco de miedo”. “¿Y el Moisés?” “Este es mejor. Parece vivo.” “¿Son bellas las Meninas?”- prosigue la maestra. Y David, tan reflexivo siempre, opina sin dudarlo que algunas sí y otras no. Y que, en paradoja, la más guapa, que es la Infanta, parece soberbia y altanera, y por tanto no es bella. El grupo entero está de acuerdo así que, al final, la Menina más bella resulta ser la Maribárbola. Cuando la pantalla proyecta a Dora Maar pintada por Picasso en modo cubista, se organiza casi un tumulto. Entre unos y otros llegan a la conclusión de que es bella, con sus dos narices y sus seis ojos, porque es única.

La clase va terminando y hay que buscar conclusiones. Deciden apuntar como resumen esta frase: “La belleza no tiene que ver con lo que te gusta; es algo que te detiene, sobrepasa tus sentidos y alcanza tu corazón.” “¿Un ejemplo de belleza?”- pregunta la maestra. Naiara, que es muy sabia, responde: “Charlie Chaplin.” Y entonces, una tímida Sofía, que ha permanecido toda la sesión en silencio, levanta la mano y afirma serenamente: “La belleza es la verdad.”

La maestra siente una profunda emoción ante la belleza de ese pequeño grupo humano, pero quiere dar todavía un paso más. Les hace notar que han percibido con la vista todas las obras de arte cuya belleza han juzgado y les reta a demostrar qué harían para explicar la belleza a un invidente. Y entonces Miguel, con su metro setenta y dos de muchacho bueno, levanta el brazo casi hasta el techo de la clase y responde muy seguro: “Le acariciaría despacito con los pétalos de una rosa.”